0 likes
Al principio, la jovencita se queja con un gemido ahogado. «Ay, duele», susurra, su ceño fruncido mientras siente cómo se abre lentamente a mi polla. Sus manos empujan mi cadera, un gesto de resistencia que me excita aún más. Pero insisto, hundiéndome poco a poco hasta que estoy todo dentro. Entonces, algo cambia. El dolor se transforma en un placer profundo y primal. Su quejido se convierte en un gruñido, y sus manos, de empujar, pasan a agarrarme con desesperación. Empieza a moverme ella, devorándome, lamiéndome el cuello, montándome como una perra loca en celo, perdida en una orgía de sensaciones que ya no quiere que termine.


















