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La noche avanzó y los tragos la nublaron por completo. Su risa se volvió incoherente y su cuerpo, un peso dócil que se dejaba mover. Fue entonces cuando la mirada de todos convergió en ella. Sin resistencia, la llevamos a una habitación, y sobre el colchón, la fiesta tomó un nuevo cariz. Uno tras otro, nos turnamos para poseerla, mientras un móvil, con su luz fría, capturaba cada instante. La cámara no perdía detalle: sus ojos vidriosos, su boca abierta, sus piernas abriéndose para quien llegara. El video se convirtió en el testigo mudo de nuestra orgía, un registro de esa noche en que la amiga borracha se convirtió en el centro de nuestro placer colectivo.


















