La habitación del hotel de paso es pequeña y huele a desinfectante barato, pero está llena de una energía animal. En el centro, sobre una cama cubierta con una toalla blanca, está la prostituta. No es una mujer, es un objeto, un centro de placer para el que pagaron. Uno de ellos la tiene por la boca, metiéndole su polla hasta el fondo, mientras otro la penetra por detrás con golpes secos que hacen temblar toda la cama. El tercero se ha agachado para chuparle los pechos y morderle los pezones. No hay cariño, no hay nombres. Solo hay cuerpos, sudor y gemidos. Se la turnan, la pasan de uno a otro como un trofeo, la llenan por todos lados hasta que ella, con los ojos perdidos en el éxtasis y el agotamiento, recibe el pago final en forma de semen sobre su piel. Es una transacción cruda, un uso colectivo del cuerpo que compraron por una hora.
contratan a una prostituta y se la cogen entre todos al mismo tiempo
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