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La estera de yoga en el suelo no era para estiramientos. La jovencita, con leggings deportivos ceñidos y un sujetador deportivo, empezó su rutina de ejercicios. Pero cada sentadilla, cada inclinación, tenía un segundo propósito. Entre las piernas, la base de un dildo se asomaba, ya clavado profundamente en su culo. Con cada repetición, el juguete se hundía más, un peso y una presencia que la llenaban con cada movimiento. El ejercicio era una excusa, una forma de disfrutar la sensación de estar siendo usada por ambos lados mientras sudaba y gemía, un entrenamiento que la dejaba sin aliento y con el culo roto, pero satisfecha.


















