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La habitación del motel en Medellín era barata y olía a acondicionador de aire. La prostituta, una morena de cuerpo escultural, se arreglaba el maquillaje en el espejo, indiferente. Él le acercó el fajo de billetes. «Todo esto es para que me dejes grabar», dijo, mostrándole el móvil. Ella miró el dinero, luego a él, y asintió con una sonrisa profesional. La acción empezó. Él la follaba con una ferocidad que el dinero compraba, mientras el móvil captaba cada ángulo. Para ella, era solo otro trabajo, una variante mejor pagada. Para él, era la posesión total: no solo estaba usando su cuerpo, sino que estaba comprando el derecho a guardar el recuerdo, un trofeo digital de su poder sobre ella.


















