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La morocha esa, con su piel canela y un culo que te hace la boca agua, se pone en cuatro y, con ambas manos, se abre las nalgas como si fuera a presentar un tesoro. Ahí está ese ojito rosadito, temblando, esperando a que lo destruyas. El güey no le da cuartel, le unta saliva y se la clava de un solo, a fondo. La muy perrita grita, pero de gusto, sintiendo cómo la abren por completo, sin piedad. Se la pasa moviendo ese culote, pidiendo más, más duro, más profundo, mientras el güey la parte sin compasión, dejándole el ojo abierto y lleno de leche, temblando como una perra en celo.


















