Meredith era una zorra de primera línea. Dos tetas enormes que rebotaban sin control, un culo redondo y firme que pedía ser cogido una y otra vez. La muy puta amaba ponerse a cuatro patas para que la cogieran como a una perra en celo.
En aquel sucio apartamento destartalado, con lámparas temblorosas y paredes desconchadas, ella se arrodillaba en el suelo mugriento y esperaba a su macho con la concha mojada y el ano dilatado, listos para ser penetrados sin piedad.
«¡Vamos, papito, dale duro a mi culo! ¡Hazme coger como la puta que soy!» gemía Meredith, con voz ronca y excitada, mientras se palpaba las tetas y se tiraba del cabello con desesperación.
El macho, un tipo rudo con una verga gruesa y venosa, no perdió tiempo. Se acercó a la zorra, que jadeaba como una perra en celo, y le clavó la pija hasta el fondo de la garganta, obligándola a tragar saliva y lágrimas.
«¿Te gusta, eh? ¡Eres una puta tragaleche, Meredith!», gruñó el macho, con una sonrisa maliciosa, antes de sacar su verga de la boca de la zorra y dirigirla hacia su culo hambriento.
Con un empujón brusco, el macho penetró el ano de Meredith, haciéndola gritar de dolor y placer al mismo tiempo. La puta se retorcía de gusto, sintiendo cómo su culo era destrozado por la brutalidad de la verga que la invadía.
«¡Sí, sí, así, coge mi culo, papito! ¡Hazme tu putita, tu esclava sexual, tu perra sumisa!», gemía Meredith, con los ojos en blanco y el rostro empapado de sudor y lágrimas.
El macho embestía con fuerza, sin piedad, sintiendo cómo su verga se hundía una y otra vez en el estrecho recto de la zorra, que lo apretaba con ansias y lujuria.
«¡Ah, ah, así, así, dame más, cógeme fuerte, destroza mi culo, lléname de leche caliente!», suplicaba Meredith, con la voz entrecortada y la respiración agitada, a punto de llegar al límite de su placer.
El macho no pudo contenerse más. Con un gruñido gutural, sacó su pija del culo de Meredith y la masturbó con furia, dejando que la venida de semen caliente bañara el rostro y las tetas de la puta, que disfrutaba del manjar con avidez.
Los fluidos se mezclaban en un espectáculo obsceno y grotesco, mientras los cuerpos sudorosos de ambos amantes se enredaban en un torbellino de pasión y lujuria.
La verga todavía dura y pulsante del macho volvió a buscar la concha húmeda y dilatada de Meredith, que pedía más y más sexo, más y más culeada desenfrenada.
«¡Cógeme, métemela toda, hazme tuya, córrete dentro de mí, lléname de tu semen caliente, papito!», imploraba la zorra, al borde del éxtasis, con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos.
El macho no se hizo rogar. Empujó con fuerza su verga en la concha ardiente de Meredith, sintiendo cómo ella lo apretaba con fuerza, buscando la venida final, el clímax absoluto.
Los cuerpos sudorosos chocaban con violencia, los gemidos guturales llenaban la habitación, el olor a sexo y deseo impregnaba el aire denso y viciado del lugar.


















