La flaca pide que vayas suave porque le duele

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La flaca de la esquina había estado provocando desde hacía días. Con sus shorts ajustados y su camiseta corta, mostraba sus tetas pequeñas pero firmes a todo aquel que se atreviera a mirar. Y un buen día, cuando finalmente me acerqué, me dijo con voz ronca: «Quiero que culees mi culo suavemente, pero bien adentro, porque me duele y me excita al mismo tiempo». No pude resistirme ante su petición tan sincera y sucia.

La llevé a mi apartamento, donde el calor del verano se sumaba al sudor que ya nos cubría. La flaca se quitó la ropa lentamente, dejando al descubierto su piel morena y su concha ansiosa de verga. Me arrojé sobre ella, cogiéndola con fuerza mientras mis manos exploraban cada rincón de su cuerpo delgado pero sensual. «Qué rico tienes este culo, perra», le dije mientras mis dedos se adentraban en su cavidad trasera.

Ella gemía y se retorcía de placer, pidiendo más y más. «¡No pares, vergudo de mierda! ¡Dale con todo a mi culo apretado!», exclamaba entre gemidos y respiraciones entrecortadas. Mis embestidas eran cada vez más profundas, sintiendo cómo mi verga se hundía en sus entrañas con cada movimiento.

El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclado con los gritos de la flaca suplicando por más. «¡Sí, así, dame más! ¡Hasta el fondo, hasta que ya no pueda más!», pedía con desesperación, mientras yo seguía culeándola sin piedad. Su culo apretado me apretaba con fuerza, como queriendo exprimir cada gota de placer de mi verga hambrienta.

Entre gemidos y sudor, nos dejamos llevar por la lujuria desenfrenada. La flaca se aferraba a las sábanas, retorciéndose de placer y dolor a partes iguales. «¡Más rápido, más fuerte! ¡Hazme venir con tu verga en mi culo!», ordenaba con voz entrecortada, casi suplicando. Y yo, obedeciendo a sus deseos más oscuros, aumenté el ritmo de mis embestidas, sintiendo cómo mi miembro golpeaba sus entrañas una y otra vez.

El sudor resbalaba por mi frente y mi espalda, mezclándose con el de ella en un baile erótico y sucio. Los gemidos y gritos llenaban la habitación, creando una sinfonía de placer y dolor que nos llevaba al límite de la razón. «¡Sí, así, dame más! ¡Quiero sentir tu venida en mi culo, quiero ser tu puta sucia!», imploraba la flaca entre jadeos y gemidos desesperados.

La tensión sexual era palpable en el aire, mezclada con el olor a sexo y deseo que inundaba la habitación. Mis embestidas se volvieron más salvajes, más brutales, como si estuviera poseído por la lujuria más primitiva. La flaca gritaba y gemía, al borde del éxtasis, rogando por más, por todo lo que pudiera darle.

Y entonces, llegó el momento culminante. Con un último empujón brutal, dejé salir toda mi venida en su culo apretado, llenándola con mi semen caliente y espeso. La flaca se estremeció de placer, sintiendo cómo mi líquido caliente la llenaba por dentro, haciéndola gemir y retorcerse de éxtasis puro.

Caí exhausto sobre su cuerpo sudoroso, sintiendo el calor de la pasión desvaneciéndose lentamente. La flaca suspiraba, satisfecha y agotada, mientras yo recuperaba el aliento después de la intensa sesión de sexo anal. Nos quedamos allí, abrazados en medio del desorden de sábanas y fluidos corporales, disfrutando del momento de paz y plenitud que solo el sexo más sucio y salvaje puede brindar.

Y así, entre gemidos y jadeos, la flaca y yo nos sumergimos en un mundo de placer y deseo desenfrenado, donde los límites se desdibujaban y solo existía el éxtasis de la carne y la pasión más pura y cruda. Unidos por el sexo más sucio y brutal, nos entregamos el uno al otro en un torbellino de placer y dolor que nos consumía hasta lo más profundo de nuestra alma.