Descubrí a mi prima viciando en la play y la convencí para una mamada

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Estaba en mi habitación, aburrido y con ganas de jariar un rato viendo jariosas porno online en mi PC. De repente, escuché risas provenientes de la habitación contigua. Me acerqué sigilosamente y, al asomarme, descubrí a mi prima, una zorra viciando en la play con una mini falda que dejaba al descubierto sus culos. La imagen me excitó de inmediato y decidí aprovechar la situación para cumplir una de mis fantasías más salvajes. Sin pensarlo dos veces, entré en la habitación y le dije con voz ronca: «¿Qué tal si dejamos la play y te hago tragar una buena pija?».

Ella se sobresaltó, pero pude notar en sus ojos una chispa de deseo. Sin darle tiempo a reaccionar, me acerqué, agarré sus tetas con fuerza y comencé a manosearlas con lujuria. Mi pija estaba tan dura que parecía que iba a explotar en cualquier momento. La zorrita estaba tan caliente que no tardó en arrodillarse y sacar mi verga del pantalón, lista para ser mamada.

Sin decir una palabra, empezó a chuparla con ansias, como si su vida dependiera de ello. Cada succión, cada lamida, me llevaba al borde del éxtasis. Podía sentir su lengua jugueteando con mi glande, sus labios apretando mi verga con fuerza. La visión de su rostro angelical cubierto de saliva y mirándome con deseo me volvía loco de placer.

No pude resistirme más y la tomé del cabello, guiando sus movimientos para que mamara como la puta desesperada que era. Sus gemidos de placer se mezclaban con mis gruñidos de excitación, creando una sinfonía de perversiones en aquella habitación. Su garganta era un pozo sin fondo que devoraba mi verga hasta la base, provocándome oleadas de placer extremo.

Después de un rato de mamada intensa, decidí llevar las cosas al siguiente nivel. La arrojé sobre la cama, le levanté la falda y noté que no llevaba ropa interior. Su concha estaba tan mojada que brillaba a la luz tenue de la habitación. Sin mediar palabra, separé sus piernas y comencé a lamer su sexo con una voracidad animal.

Sus gemidos se intensificaron, sus caderas se movían en círculos buscando más placer. Chupaba su clítoris con fuerza, mientras dos de mis dedos se adentraban en su interior, provocando que se retorciera de placer. La zorrita estaba al borde del orgasmo, pero yo quería cogerla de una manera que nunca olvidara.

Me puse de pie, me bajé los pantalones y la penetré con fuerza y ​​brutalidad. Sus gritos de placer resonaban en la habitación, mezclados con mis gruñidos de deseo. Cada embestida era más intensa que la anterior, cada choque de nuestras caderas era un recordatorio de lo sucio y pervertido que éramos.

La cogida era tan intensa que la cama golpeaba contra la pared, el sudor cubría nuestros cuerpos y el olor a sexo llenaba el aire. La zorrita pedía más, suplicaba por más verga, por más placer. Sus tetas rebotaban al compás de mis embestidas, sus ojos vidriosos de tanto placer me incitaban a seguir culeando como si no hubiera un mañana.

Decidí cambiar de posición y la puse en cuatro patas, con su culo en pompa y su concha expuesta ante mí. Sin dudarlo, coloqué la punta de mi pija en su ano y comencé a penetrarla lentamente, disfrutando de cada centímetro que se abría camino en su interior estrecho y caliente.

Ella gritaba de dolor y placer a la vez, sus manos aferradas a las sábanas mientras yo la cogía sin piedad. Cada embestida era un tormento delicioso, cada gemido era una melodía de lujuria. Sentía cómo mi verga se hundía en lo más profundo de su ser, reclamando su culo como territorio propio.

El éxtasis estaba cerca, podía sentirlo en mis huesos, en mis venas, en cada fibra de mi ser. Aceleré el ritmo de mis embestidas, sintiendo cómo el placer se acumulaba en mis entrañas, a punto de desbordarse en una venida épica. Finalmente, con un gruñido gutural, me dejé ir, llenando su culo con mi semen caliente y espeso.

Caí exhausto sobre su espalda, sintiendo cómo nuestros cuerpos se fundían en un abrazo sudoroso y pegajoso. La zorrita se dejó caer a mi lado, con una sonrisa satisfecha en los labios. Nos miramos a los ojos, cómplices de una experiencia que ninguno de los dos olvidaría jamás.