La esposa de mi compa quiere que le dé mientras él graba

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La noche estaba calurosa y llena de promesas pecaminosas. Mi compa me invitó a su casa con la excusa de echarnos unos «jariosas» y ver el partido, pero lo que no sabía era que su esposa, una verdadera jariosa desnuda, tenía otros planes en mente. Desde que llegué, noté cómo me miraba con lujuria, sus ojos brillaban como dos faros de deseo. No pude resistirme a sus encantos, a sus curvas pronunciadas que se marcaban bajo su ajustado vestido.

En un momento de descuido de mi compa, su esposa se acercó a mí con una sonrisa traviesa en los labios y susurró en mi oído: «Quiero que me des mientras él graba, ¿te animas, papi?» Mis pantalones se sintieron repentinamente más ajustados y supe que no podía negarme a semejante proposición. Asentí con la cabeza, dejando escapar un gruñido de deseo.

Nos dirigimos a la habitación, donde una cámara estaba dispuesta a grabar cada instante de lujuria. Mi compa nos siguió, excitado por la situación, listo para capturar en video a su propia esposa siendo poseída por otro hombre. La jariosa desnuda se despojó rápidamente de su ropa, revelando unas tetas enormes y un culo que invitaba al pecado.

Me acerqué a ella y sin mediar palabra, la tomé con firmeza de la cintura y la atraje hacia mí. Sus manos ávidas se aferraron a mi verga, sintiendo la dureza a través del pantalón. La besé con pasión, devorando su boca y dejando un rastro de saliva entre nosotros. Mis manos exploraron cada rincón de su piel, acariciando sus pechos con ansia, apretando sus pezones erectos.

Ella se arrodilló ante mí, desabrochando mi pantalón y liberando mi verga ansiosa por ser cogida. La tomó entre sus labios con destreza, mamando con intensidad y mirándome fijamente a los ojos. Cada succión era un gemido contenido, un jadeo de placer que me incitaba a más. Sentía cómo su lengua jugaba con mi pija, llevándome al borde del éxtasis.

La esposa de mi compa era una experta en el arte de mamar, y no tardé en sentir el calor de mi venida acercándose. La aparté con brusquedad, ansioso por penetrarla y darle lo que tanto ansiaba. La tumbé en la cama, separando sus piernas y admirando su concha húmeda y lista para ser cogida. Sin previo aviso, la embestí con fuerza, haciéndola gemir de placer.

Su esposo observaba atentamente desde la cámara, excitado por ver a su mujer siendo cogida de esa forma. Los insultos y groserías salían de su boca, animando el espectáculo y aumentando mi deseo. La embestí una y otra vez, sintiendo cómo su interior se contraía de placer. Mis manos agarraban sus tetas con fuerza, apretándolas con violencia, haciendo que ella gritara de placer.

De repente, la esposa de mi compa pidió algo que me tomó por sorpresa: «¡Cógeme por el culo, papi! Quiero sentir toda tu verga en mi ano». Sin dudarlo, cambié de posición y coloqué la punta de mi verga en su ano dilatado. Con cuidado y brutalidad a la vez, la penetré, sintiendo cómo se estremecía de dolor y placer. Sus gritos se mezclaban con gemidos, creando una sinfonía de lujuria.

El sexo anal era un territorio desconocido para mí, pero con la esposa de mi compa no había espacio para la contención. La cogí con furia, embistiendo su culo sin piedad, sintiendo cómo se abría ante mí. Cada embestida era un gemido, un grito ahogado de placer y dolor. Mis manos aferraban sus caderas con fuerza, marcando mi territorio en su cuerpo.

La esposa de mi compa alcanzó el clímax una y otra vez, su cuerpo temblaba de placer bajo el embate de mi verga. Sentía cómo mi venida se acercaba, cómo el deseo me consumía por completo. Con un último esfuerzo, la embestí con todas mis fuerzas, sintiendo cómo mi semen se liberaba en su interior, marcándola como mía.

Nos quedamos jadeantes, exhaustos por la intensidad del momento. Su esposo nos miraba a través de la cámara, satisfecho por el espectáculo que acababa de presenciar. Nos vestimos en silencio, sabiendo que lo que acababa de suceder quedaría entre nosotros, un secreto compartido lleno de deseo y lujuria.

Antes de despedirme, la esposa de mi compa se acercó a mí y me susurró al oído: «Gracias por darme lo que necesitaba, papi. Espero que esta no sea la última vez que nos veamos». Con una sonrisa pícara, me despedí de ellos, sabiendo que aquella noche sería solo el comienzo de una historia de pasión y deseo desenfrenado.