Se deja manosear en la sala por sus colegas

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María, una secretaria cachonda y ardiente, siempre había despertado las fantasías más sucias de sus colegas en la oficina. Aquella tarde, luego de unas copas en la sala de descanso, la temperatura subió hasta un punto incontrolable. Entre risas y provocaciones, los compañeros comenzaron a rodear a María, quien, sabiendo lo que se venía, se dejó llevar por la lujuria del momento.

Uno de ellos, Pedro, un tipo fornido con una verga descomunal, no perdió el tiempo y se acercó por detrás para manosearla sin ningún tipo de reservas. Su mano áspera recorría la espalda de María, subiendo lentamente hasta tocar sus tetas firmes y provocativas. La sensación de sus manos sobre su piel desnuda la excitaba más de lo que esperaba.

Los otros dos colegas no se quedaron atrás y se unieron al festín de toqueteos y manoseos. Javier, un chico tímido pero con una pija que no le cabía en los pantalones, se arrodilló frente a María y comenzó a mamarle las tetas con desesperación. Mientras tanto, Pablo, el jefe del departamento, le levantó la falda y comenzó a acariciar su culo con deseo animal.

María gemía de placer, completamente entregada al morbo del momento. Sentir las manos de sus colegas recorriendo cada centímetro de su cuerpo la hacía sentirse viva y deseada como nunca antes. La sala de descanso se había convertido en un escenario de jariosas xxx totalmente inesperado y excitante.

Pedro, no contento con solo manosearla, decidió bajar por la espalda de María hasta llegar a su entrepierna. Sin mediar palabra, comenzó a frotar su concha por encima de las bragas mojadas de la secretaria, quien se retorcía de placer ante semejante atrevimiento. La combinación de su mano áspera y la humedad de María era una mezcla explosiva.

Entre gemidos y susurros obscenos, Javier se dedicó a lamer y morder los pezones de María, mientras Pablo continuaba explorando cada rincón de su culo con ansias insaciables. La escena era grotesca, pero a la vez excitante, despertando los instintos más oscuros y salvajes de todos los presentes en la sala.

María, sin poder contenerse más, se arrodilló frente a Pedro y desabrochó su pantalón, liberando así la verga descomunal que había estado tentando desde el inicio. Sin pensarlo dos veces, comenzó a mamar con ansias la pija dura y palpitante, disfrutando del sabor a sexo que emanaba de cada poro de aquella verga insaciable.

Los gemidos y susurros llenaban la sala, mientras María seguía mamando con pasión y desenfreno. Pedro, sintiendo el placer recorrer cada fibra de su ser, la tomó del cabello y comenzó a guiar sus movimientos, marcando el ritmo de la mamada con fuerza y determinación.

De repente, Javier se acercó por detrás de María, levantó su falda y comenzó a penetrarla sin contemplaciones. La sensación de tener su pija entrando y saliendo de su concha mojada la llevó al límite del placer, haciéndola gemir y jadear como una verdadera zorra en celo.

Mientras tanto, Pablo, excitado por la escena que se desarrollaba frente a sus ojos, no perdió tiempo y se acercó a María por detrás, lubricando su culo con saliva y deseando penetrarla con fuerza. Sin pedir permiso, comenzó a abrirse paso en su ano apretado, generando sensaciones que nunca antes había experimentado.

La intensidad de la escena llegó a su punto máximo cuando Pedro, sintiendo la venida inminente, sacó su pija de la boca de María y la colocó entre sus tetas, comenzando a pajearse con fuerza y velocidad. Los chorros de semen caliente salpicaban el rostro de la secretaria, quien disfrutaba del sabor salado y pegajoso en su piel.

Los gemidos, susurros y jadeos llenaban la sala de descanso, mientras los colegas de María continuaban culeando sin control, entregándose al placer más primitivo y salvaje que habían experimentado. La mezcla de saliva, sudor y fluidos se había apoderado del ambiente, convirtiendo aquel lugar en un verdadero escenario de perversiones y depravaciones.

Al final, exhaustos y satisfechos, los colegas de María se retiraron de la sala de descanso, dejando a la secretaria completamente desnuda y cubierta de semen, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Aquella tarde había sido una experiencia inolvidable, una jornada de jariosas desnudas que quedaría grabada en la memoria de todos los presentes por mucho tiempo.