Empleado de veterinaria seduce a colega para tener sexo en el mostrador

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La veterinaria estaba en plena ebullición, con los animales enjaulados y el olor a purina colándose por las fosas nasales. El empleado más jarioso de todo el lugar, un sujeto con pinta de rufián y mirada lasciva, tenía en la mira a una colega con unas tetas enormes que parecían querer escapar de su ajustado uniforme. Él la observaba desde lejos, deseando cogerla sobre el mostrador de recepción, entre jaulas de perros enfermos y gatos maullando desesperados.

Se acercó a ella con paso firme, su verga latiendo bajo el pantalón y la mente llena de fantasías sexuales. Le susurró al oído, con voz ronca y llena de deseo, «Eh, nena, ¿te gustaría probar algo distinto hoy?». La colega, sorprendida por la osadía del empleado, sonrió con malicia y aceptó el desafío. Ambos sabían lo que estaba por venir: una cogida épica en medio del caos animalístico de la veterinaria.

La temperatura subió varios grados en cuestión de segundos, y los gemidos de los animales parecían anticipar lo que iba a suceder. Sin mediar palabra, el empleado tomó a la colega por la cintura y la atrajo hacia sí, pegando sus cuerpos con pasión desenfrenada. Las manos del tipo se deslizaron por las curvas generosas de la mujer, apretando con fiereza sus tetas jariosas a través de la tela.

«¡Quítate la ropa, puta!», ordenó el empleado con voz firme y autoritaria, mientras desabrochaba su propia bragueta y liberaba su verga palpitante. La colega, obediente y excitada, se quitó la blusa sin titubear, dejando al descubierto un sostén rojo intenso que apenas podía contener sus pechos voluptuosos. El hombre la miró con deseo animal y la empujó hacia el mostrador, haciéndola recostarse sobre la superficie de madera desgastada.

Con un movimiento rápido, el empleado bajó los pantalones de la colega y se encontró con una concha empapada y lista para ser penetrada. Sin perder tiempo, se arrodilló entre las piernas de ella y empezó a lamer su sexo con ansias voraces, saboreando el sabor a excitación y deseo puro. La mujer gemía y retorcía su cuerpo, sintiendo las expertas lenguas del tipo explorando cada rincón de su intimidad.

«¡Ah, sí, sigue así, chupa esa concha como un verdadero macho!», exclamó la colega entre jadeos y gemidos, aferrándose al borde del mostrador mientras su colega seguía mamando con fervor. Los fluidos fluían libremente, mezclándose con la saliva del hombre y creando un ambiente húmedo y lujurioso que los envolvía por completo.

Después de unos minutos de mamadas intensas, el empleado se levantó y se quitó la ropa restante, revelando una pija dura y ansiosa por entrar en acción. Sin mediar palabra, se colocó entre las piernas abiertas de la colega y la penetró de un solo golpe, haciéndola gritar de placer y dolor al mismo tiempo. La sensación de tener esa verga gruesa dentro de su concha la volvía loca de deseo y lujuria.

Los embates del empleado eran salvajes y desenfrenados, culeando a su colega con una velocidad y fuerza que la dejaban sin aliento. Los gemidos se mezclaban con los maullidos de los gatos y los ladridos de los perros, creando una sinfonía erótica y perturbadora que solo aumentaba la excitación de la pareja.

«¡Sí, cógeme, dame más fuerte, no pares!», gritaba la colega mientras era embestida una y otra vez, con su cuerpo temblando de placer y sus tetas saltando al compás de la cogida. El empleado la agarraba con fuerza de las caderas, marcando su territorio como un animal en celo que no podía contener sus instintos más básicos.

La escena era un torbellino de sudor, gemidos y fluidos corporales, con la intensidad del sexo en el mostrador alcanzando niveles nunca antes vistos en la veterinaria. La colega se retorcía de placer, sintiendo la verga del empleado abrir caminos inexplorados dentro de su ser, llevándola al borde del orgasmo una y otra vez.

Después de una cogida desenfrenada y desgarradora, el empleado sintió que no podía contenerse más y anunció su venida con un gruñido gutural. La colega, sintiendo la pija pulsar dentro de ella, se dejó llevar por la ola de placer y alcanzó un orgasmo explosivo que la hizo gritar de éxtasis y gozo.

Los cuerpos sudorosos y extenuados se separaron finalmente, quedando exhaustos sobre el mostrador de recepción, con la veterinaria como testigo mudo de la pasión desenfrenada que acababan de vivir. El empleado sonrió satisfecho, sabiendo que había cumplido su fantasía más salvaje y que la colega jariosa online no volvería a verlo con los mismos ojos.