La noche caía pesada sobre la casa de los Méndez, en pleno corazón de la Ciudad de México. La joven Sofía, de dieciocho años, se deslizaba sigilosa por los pasillos hasta llegar al cuarto de su primo Roberto, un chico fornido de veinticinco años que siempre la había hecho sentir algo extraño en su entrepierna. Con el corazón latiendo fuerte, la mexicana empujó la puerta entreabierta y se adentró en la penumbra.
—Roberto… —murmuró en un susurro tembloroso.
El primo despertó sobresaltado, frotándose los ojos para aclarar la visión y toparse con la figura semidesnuda de Sofía frente a él. La joven mexicana se mordía el labio inferior, sus pezones duros como piedras bajo la camiseta ajustada que apenas cubría sus senos.
—¿Qué… qué haces aquí, Sofía? —preguntó Roberto con voz ronca, notando cómo su pija reaccionaba instantáneamente a la presencia de su prima.
—Necesito decirte algo, primo. Algo que he estado sintiendo desde hace mucho tiempo —confesó ella, acercándose con determinación y deseo en la mirada.
Roberto la observaba sin poder apartar la vista de su trasero, embutido en unos shorts cortos que dejaban poco a la imaginación. La joven se sentó en el borde de la cama, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—¿Qué es, Sofía? —inquirió Roberto, sintiendo la tensión sexual cargada en el ambiente.
—Quiero… quiero coger contigo, primo. Quiero sentir tu verga dentro de mí, quiero que me cojas hasta que no pueda más —declaró ella, soltando las palabras con una mezcla de vergüenza y lujuria desenfrenada.
Roberto se quedó sin aliento, sorprendido por la confesión directa y cruda de su prima. Sin embargo, la idea de tomarla allí mismo, en su habitación, lo excitaba a niveles insospechados. Se inclinó hacia ella y capturó sus labios en un beso salvaje, ansioso por explorar cada rincón de su boca.
Las manos de Roberto se deslizaron por el cuerpo de Sofía, acariciando sus curvas con deseo animal. La joven gemía entre besos, sintiendo la pija de su primo endurecerse contra su vientre. Sin mediar palabra, se quitó la camiseta y lo empujó hacia atrás, dejando al descubierto sus jariosas desnudas para él.
—Mira lo que me haces hacer, primo. Estoy tan mojada por ti —jadeó Sofía, abriendo las piernas de par en par para invitarlo a cogerla como nunca antes.
Roberto no necesitó más señales. Se despojó de sus ropas en un instante, liberando su verga palpitante y lista para penetrar a su prima. La joven gimió de placer al sentirlo entrar en ella, llenándola por completo con cada embestida.
El olor a sexo llenaba la habitación, mezclándose con los gemidos y los sonidos de piel contra piel. Sofía se aferraba a las sábanas, arqueando la espalda con cada embestida de Roberto, quien la cogía con una ferocidad incontrolable.
—¡Sí, así, sigue cogiéndome, primo! ¡Métemela toda! —gritaba Sofía, entregada al éxtasis del momento.
Roberto la volteó bruscamente, dejándola a cuatro patas y penetrándola con fiereza por detrás. Cada embestida hacía temblar el colchón, mientras los gemidos de placer se mezclaban con el sonido de sus cuerpos chocando sin piedad.
—Eres una puta insaciable, ¿verdad? Te encanta que te coja como la zorra que eres —gruñó Roberto, azotando las nalgas de Sofía con fuerza y aumentando el ritmo de sus embestidas.
La joven mexicana solo podía gemir y gritar de placer, sintiendo cómo su cuerpo se acercaba al límite del orgasmo. Roberto la tomó del cabello, jalandolo hacia atrás mientras continuaba cogiéndola sin compasión.
—¡Voy a venirme dentro de ti, putita! ¡Prepárate para recibir toda mi leche caliente! —anunció él, sintiendo cómo el deseo lo consumía por completo.
Sofía asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra por la intensidad del placer que la embargaba. Con un último empuje poderoso, Roberto se dejó llevar por la venida más intensa de su vida, llenando el interior de su prima con su semen ardiente.
Los dos cayeron exhaustos sobre la cama, envueltos en un mar de sudor y satisfacción. Sofía se acurrucó contra el pecho de su primo, sintiendo el latido acelerado de su corazón.
—Eso fue increíble, primo. Gracias por cumplir mi fantasía —susurró ella, besando su pecho desnudo con cariño.
Roberto acarició su cabello con ternura, contemplando el rostro angelical de la joven que ahora descansaba rendida en sus brazos.
—No hay nada que agradecer, Sofía. Siempre estaré aquí para ti, dispuesto a cogerte como la mujer insaciable que eres —respondió él, sellando sus palabras con un beso apasionado.












