Convence a morrita estudiantil de coger en casa abandonada y ella se pone a mamar

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La morrita estudiantil caminaba por el barrio, con su faldita corta y su blusa ajustada, sin sospechar lo que estaba por venir. Él, un chavo jarioso de la cuadra, la siguió de cerca, deseoso de meterle la verga hasta el fondo. La casa abandonada en la esquina parecía perfecta para saciar sus bajos instintos. «¿Quieres pasar un rato divertido?», le susurró al oído con voz ronca y lujuriosa.

Ella, sumamente inocente, accedió sin saber lo que le esperaba. Entraron en la casa desvencijada, llena de polvo y mugre. Él le quitó la ropa con ansias de ver esas tetas firmes que se ocultaban bajo el sostén. «¡Qué ricas tetas tienes, putita!», exclamó mientras las apretaba con fuerza, arrancándole gemidos de placer.

La morrita, excitada y confundida, se dejó llevar por la situación. Él la empujó contra la pared y le bajó la tanguita, revelando su culo firme y deseoso de ser cogido. «¡Vas a gozar como nunca, zorrita!», le advirtió antes de penetrarla con rudeza. La verga entró en su concha húmeda con facilidad, provocando gritos de dolor y placer.

Con cada embestida, la morrita estudiantil se entregaba más y más al deseo desenfrenado. Sus gemidos resonaban en las paredes sucias de la casa abandonada, mezclándose con los ruidos de la calle. Él la cogía sin compasión, disfrutando de la estrechez de su vagina joven y ansiosa de sexo.

De repente, él la volteó y la puso de rodillas, obligándola a mamar su verga dura y palpitante. «¡Chupa, puta, chupa como la zorra que eres!», le ordenó mientras ella obedecía con sumisión, saboreando el sabor salado de su miembro erecto. Sus labios envolvían la pija con maestría, provocando gemidos de placer en él.

La morrita, entregada a la lujuria del momento, mamaba con ansias, disfrutando de la sensación de tener la verga dura en su boca. Él la tomó del cabello y comenzó a marcar el ritmo, follando su boca con violencia y deseo. Los jadeos y las arcadas se mezclaban en un torbellino de placer desenfrenado.

Luego de un rato de mamadas intensas, él decidió llevar las cosas al siguiente nivel. La tomó por detrás y la penetró por el culo sin previo aviso, provocando un grito ahogado de la morrita. «¡Sí, así, dame tu culito apretado, puta!», exclamaba él mientras la cogía con furia y desenfreno.

La morrita, sintiendo el dolor mezclado con el placer, se dejaba llevar por la intensidad de la cogida anal. Su culo se abría y cerraba al ritmo de las embestidas, provocando gemidos de éxtasis y dolor en igual medida. El sudor perlaba sus cuerpos entrelazados en un vaivén frenético y obsceno.

Él la cogía sin piedad, disfrutando del estrecho agujero que apretaba su verga con fuerza. Cada embestida era un gemido nuevo, un suspiro de placer que se perdía en la atmósfera cargada de deseo y lujuria. La morrita, entregada al placer prohibido, pedía más y más.

Finalmente, llegaron juntos al clímax, con él soltando su venida caliente dentro de su culo dilatado y ella experimentando un orgasmo salvaje e incontrolable. Los gritos de placer resonaron en la casa abandonada, mezclándose con el sonido de la verga saliendo de su culo encharcado de semen.

Agotados y satisfechos, se quedaron abrazados en medio de la habitación sucia y desordenada, con el olor a sexo y deseo impregnando el ambiente. La morrita estudiantil sonrió con complicidad, sintiéndose liberada y llena de placer. Él la miró con deseo, sabiendo que aquella cogida en la casa abandonada quedaría grabada en sus mentes para siempre.

Así terminó la tarde de lujuria y pasión desenfrenada, con la morrita estudiantil convertida en una verdadera jariosa xxx de la cuadra y él en el hombre que supo satisfacer sus deseos más oscuros. La casa abandonada guardaba ahora un secreto obsceno, un recuerdo indeleble de una cogida salvaje que nadie podría borrar.

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