Anciano paga a jovencita por sexo en casa abandonada

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El sol caía sin piedad sobre la casa abandonada, calentando la piel arrugada del anciano que esperaba impaciente a la jovenzuela que había contratado para satisfacer sus bajos instintos. La chica, apenas mayor de edad, llegó con una mezcla de excitación y nerviosismo, lista para dejarse llevar por el sucio deseo de aquel pervertido.

La ropa sucia y raída de la vieja construcción contrastaba con la frescura de la joven, cuyas tetas apenas cubiertas por un top ajustado parecían querer escapar a cada movimiento que hacía. El anciano no pudo evitar babear al ver semejante espectáculo, su verga endurecida bajo los harapos que llamaba pantalones.

«¿Listo para coger, viejo pervertido?», dijo la jovencita con voz temblorosa, sabiendo que no había vuelta atrás. El hombre asintió con lujuria, ansioso por hundir su pija arrugada en la concha virgen de aquella muchacha inexperta.

Entre gemidos y susurros obscenos, el anciano llevó a la chica a una habitación oscura y polvorienta, donde el olor a moho se mezclaba con el perfume barato que ella había rociado sobre su piel. Sin mediar palabra, la tomó con fuerza y la lanzó sobre una vieja cama destartalada.

«¡Abre las piernas, putita!», ordenó el anciano, mientras desabrochaba con torpeza sus pantalones y liberaba su miembro erecto, ansioso por penetrarla. La joven obedeció sin rechistar, sintiendo el frío metal del resorte de la cama clavándose en su espalda desnuda.

Con un gruñido gutural, el anciano se abalanzó sobre la chica, quien gimió de dolor y placer al sentir cómo la verga arrugada del viejo se abría paso en su estrecha entrada. Cada embestida era como un puñetazo en su interior, pero ella no podía negar la excitación que le invadía.

Los gemidos resonaban en las paredes descascaradas de la habitación, mezclándose con los ruidos húmedos de la cogida salvaje que estaban protagonizando. El anciano sudaba a mares, su cuerpo flácido moviéndose con una energía renovada por el deseo insaciable de poseer a aquella joven carne fresca.

«¡Más rápido, más fuerte, métemela toda!», jadeaba la chica, su voz entrecortada por los embates brutales que recibía en su interior. El anciano, perdido en un mar de deseo y lujuria, complacía cada uno de sus deseos, culeando sin piedad a aquella jovencita que gemía como una posesa.

El sudor resbalaba por los cuerpos unidos en un acto tan sucio como excitante, el olor a sexo impregnando el aire viciado de la habitación. Ambos se abandonaron al impulso animal que los consumía, sin importarles el lugar siniestro en el que se encontraban.

Con un gruñido final, el anciano alcanzó el clímax, soltando una venida copiosa que inundó la concha de la joven y la hizo retorcerse de placer. Los gemidos de ambos se mezclaron en un concierto de depravación y lascivia, marcando el clímax de aquella sesión de sexo prohibido y sucio.

Agotados y jadeantes, se separaron con dificultad, los cuerpos brillantes de sudor y fluidos corporales. La chica se vistió rápidamente, dispuesta a volver a su vida normal después de haber experimentado lo más bajo del placer carnal.

El anciano, por su parte, se quedó allí, en la penumbra de la habitación, con una sonrisa satisfecha en el rostro arrugado. Sabía que aquella no sería la última vez que pagarían por sexo en aquella casa abandonada, un refugio de perversiones y deseos oscuros.

La joven salió de la casa con paso apresurado, sin mirar atrás, llevando consigo el recuerdo sucio de aquella cogida salvaje en la que se había visto envuelta. El sol seguía brillando implacable sobre el lugar, como si nada hubiera ocurrido entre sus paredes llenas de secretos y perversiones.