La morra escolar de prepa era de esas jariosas xxx que siempre se hacían las decentes frente a los maestros, pero por detrás eran pura perversión. Su uniforme ceñido le marcaba esas tetas deliciosas que pedían a gritos ser manoseadas y la minifalda levantada mostraba un culo redondo y apetecible. Cuando me invitó a «estudiar» juntos en el baño, supe que no iba a ser una típica sesión de repaso.
Entramos al recinto del baño con la adrenalina al tope, la temperatura subiendo a medida que nos alejábamos de las miradas curiosas. Sin decir una palabra, ella se arrodilló y sacó mi verga palpitante, lista para ser devorada por esa boca ansiosa. La morra chupaba con furia, sus ojos brillaban de deseo mientras la saliva se deslizaba por mi pija dura.
—¡Qué buena mamada me estás dando, putita! —exclamé entre gemidos de placer, agarrando su cabello con fuerza y empujando mi miembro hasta el fondo de su garganta. Ella solo respondía con gemidos ahogados y miradas lujuriosas, entregada por completo al acto de mamar.
El calor del baño nos envolvía, el sonido de los grifos apenas tapaba los gemidos que escapaban de nuestros labios. La morra se levantó, se quitó la tanga de encaje y se inclinó sobre el lavamanos, ofreciéndome su culo en pompa. No pude resistirme y la penetré de un solo empujón, sintiendo cómo mi verga se perdía en lo más profundo de su concha mojada.
Los embates eran frenéticos, mis manos apretaban con fuerza esas nalgas firmes mientras la morra gemía sin control. Culeando a esa colegiala cachonda, no pude evitar desear que este momento nunca terminara. El sudor perlaba mi frente, el olor a sexo impregnaba el ambiente y el placer nos consumía sin piedad.
—¡Sí, dame más, más duro! ¡Cógeme como la puta que soy! —gritaba la morra, sus palabras excitándome aún más y aumentando mi ritmo de embestidas.
Llegó el momento de explorar nuevos horizontes y la morra, con su carita angelical cubierta de deseo, me pidió que la penetrara por el culo. Sin dudarlo, la lubricación natural de su concha fue suficiente para facilitar mi entrada triunfal en ese estrecho agujero trasero. Cada embestida era un éxtasis de placer prohibido, sus gritos de dolor mezclados con placer resonaban en las paredes.
—¡Así, así, dame por el culo, cabrón! ¡Hazme tuya por completo! —suplicaba la morra, sus manos aferradas al lavamanos mientras yo la cogía salvajemente.
El placer era indescriptible, el roce de nuestras pieles, la sinfonía de gemidos y el sudor que nos unía en un baile de lascivia desenfrenada. Mis embestidas eran cada vez más profundas, el placer me consumía y la morra estaba a punto de alcanzar un orgasmo explosivo.
Con un último embate, sentí cómo la morra se contraía en un espasmo de placer indescriptible. Su cuerpo temblaba de la venida que la había sacudido hasta lo más profundo de su ser, su gemido llenaba el baño con una melodía de éxtasis carnal.
Descansamos unos instantes, abrazados y jadeantes, sintiendo el calor de nuestros cuerpos entrelazados. La morra escolar de prepa y yo habíamos vivido una experiencia única, una culeada clandestina que quedaría grabada en nuestra memoria para siempre.
Nos arreglamos como buenamente pudimos, ella se acomodó la falda y yo me ajusté la bragueta. Antes de salir del baño, nos miramos cómplices y con una sonrisa picara nos despedimos, sabiendo que esta no sería la última vez que compartiríamos un momento de placer desenfrenado a escondidas de todos.


















