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Mi amiga borracha yacía en el sofá, profundamente dormida, con la boca ligeramente abierta y el pelo desordenado sobre su cara. El silencio de la habitación solo se rompía por su respiración agitada. La vi allí, tan vulnerable y entregada al alcohol, y una pulsión oscura me venció. Saqué mi polla, ya dura por la escena, y comencé a masturbarme sobre ella, a pocos centímetros de su piel. Con un gruñido ahogado, llegué al límite. El primer chorro de leche caliente salpicó su mejilla, luego su frente y sus labios, cubriendo su cara dormida con mi tributo. No se movió, solo un pequeño suspiro escapó de sus labios, inconsciente del regalo que acababa de recibir.


















