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No hay un segundo de tregua. La jovencita está atrapada en un torbellino de carne y fuerza, un ritmo brutal que le roba el aliento. Cada embestida es más profunda y rápida que la anterior, un pistoneo sin piedad que la deja sin aire, con los ojos desenfocados y la boca abierta en un grito ahogado. Su cuerpo, pequeño y manejable, se bambolea al antojo de su agresor, que la usa como un simple objeto para su placer. Los únicos sonidos son los golpes sordos de su piel contra la de ella y su jadeo desesperado, intentando llenar sus pulmones entre cada golpe que la parte por dentro, una máquina de follar que no se detiene hasta vaciarse por completo.


















