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La cama era un campo de batalla de cuerpos sudorosos. Él era el centro de la tormenta, con dos amigas putas, calenturientas y sin límites, peleándose por su polla. Una se la chupaba con ganas mientras la otra le lamía los huevos, ambas compitiendo por ver quién lo ponía más loco. Las posiciones cambiaban en un torbellino: a una la cogía de perrito mientras se comía el coño a la otra; luego se acostaban una al lado de la otra, con las piernas abiertas, y él alternaba, metiéndole duro a cada una, quejándose y pidiendo más. No había ternura, solo una follada salvaje, una orgía de tres donde él era el depredador y ellas, sus presas ansiosas, hasta que las dejó a ambas temblando y bañadas en su leche.


















