Colegiala tímida pero muy traviesa se baja los calzones y sube la falda

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La colegiala con uniforme de falda corta y coletas recién comenzaba a descubrir su lado más travieso. Siempre había sido tímida en el colegio, pero cuando llegaba a casa y se encerraba en su habitación, se transformaba en una jariosas porno. Le encantaba ver videos de jariosas para aprender nuevas técnicas, y esa tarde estaba decidida a ponerlas en práctica.

Con paso lento y mirada traviesa, la joven se acercó al espejo de su habitación. Se mordió el labio inferior con picardía y levantó un poco la falda a cuadros de su uniforme. Su respiración se volvió más agitada al sentir el aire fresco rozando sus muslos, y decidió dar un paso más allá.

Desabrochó lentamente los botones de su camisa blanca, dejando entrever el encaje rojo de su sostén. Sus pezones se endurecieron al sentir la tela áspera de la ropa interior, y una sonrisa pícara se formó en sus labios. «Hoy es el día», pensó para sí misma antes de deslizar sus manos por su abdomen hasta llegar a la cinturita de su falda.

Con movimientos provocativos, la colegiala se bajó los calzones lentamente, dejando al descubierto su concha húmeda y lista para ser penetrada. Sabía que estaba rompiendo todas las reglas, pero la excitación que sentía era tan intensa que no podía detenerse.

Un gemido ahogado escapó de sus labios al sentir la frescura del aire acariciando su sexo deseoso. Se sentía poderosa y liberada, lista para explorar todos sus deseos más oscuros. Sin pensarlo dos veces, se subió nuevamente la falda y se recostó en la cama, abriendo las piernas de par en par.

Con una mano acarició su clítoris hinchado, mientras con la otra apretaba con fuerza sus tetas firmes. La imagen que veía en el espejo la excitaba aún más, y se mordió el labio inferior con deseo. «Quiero sentir una verga dentro de mí», murmuró con voz entrecortada.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció su vecino, un hombre mayor y experimentado en cuestiones de sexo. Al ver a la colegiala en esa posición tan provocativa, su verga se endureció al instante. «¿Qué tenemos aquí?», dijo con tono lascivo.

La joven se ruborizó al ser descubierta en pleno acto, pero una parte de ella anhelaba ser poseída por aquel hombre rudo y dominante. Sin decir una palabra, el vecino se acercó a ella y comenzó a besarla con pasión, mientras sus manos exploraban cada rincón de su cuerpo.

La colegiala se abandonó al deseo y se dejó llevar por la lujuria del momento. El hombre le arrancó la ropa con ansias de poseerla, dejándola desnuda y expuesta ante su mirada ávida de sexo desenfrenado. Sin mediar palabras, la volteó con brusquedad y la penetró con fuerza, haciéndola gemir de placer.

Cada embestida era más intensa que la anterior, y la colegiala se aferraba a las sábanas con fuerza mientras era culeada sin piedad. El vecino la sujetaba con firmeza de las caderas, marcando su territorio con cada movimiento de cadera.

El sudor perlaba sus cuerpos entrelazados, mezclándose con los gemidos y susurros obscenos que llenaban la habitación. La colegiala se sentía en el paraíso del sexo, siendo tomada de forma tan salvaje que perdía la noción del tiempo y del espacio.

El hombre la volteó nuevamente y la puso en cuatro, listo para darle sexo anal como ella nunca había experimentado. Sin previo aviso, la embistió con fuerza, desencadenando en la colegiala una oleada de placer indescriptible.

El vecino la cogía sin piedad, disfrutando de la estrechez de su culo virgen y de los gemidos de dolor y placer que provocaban en la joven. Cada embestida era un vaivén de sensaciones extremas, llevándolos a ambos al límite del éxtasis.

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