Apenas en la prepa y tienes que ver el tamaño de ese par de nalgas que tiene

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Apenas en la prepa y tienes que ver el tamaño de ese par de nalgas que tiene. La chica, una jovencita de dieciocho años llamada Laura, era conocida en la escuela por ser de las más jariosas desnudas, siempre luciendo faldas cortas que dejaban al descubierto sus enormes glúteos. Su amigo Juan no podía apartar la mirada de ese espectáculo carnoso que se mostraba ante él día tras día en los pasillos.

Un viernes por la tarde, después de clases, Juan invitó a Laura a su casa para estudiar. Lo que ella no sabía era que Juan tenía otros planes en mente. Al llegar, la tensión sexual era palpable. Juan, con una erección evidente bajo su pantalón, miraba con deseo el trasero de Laura mientras se inclinaba sobre los apuntes.

De repente, Juan no pudo contenerse más y con un movimiento rápido, agarró a Laura por la cintura y la atrajo hacia él. Sus manos ávidas recorrieron las curvas de las caderas, apretando con fuerza esas nalgas jariosas que tanto lo obsesionaban. Laura, sorprendida pero excitada, no opuso resistencia y se dejó llevar por el momento.

Entre gemidos y susurros, Juan y Laura se devoraban mutuamente como animales en celo. Él le arrancó la blusa, dejando al descubierto unos senos firmes y tentadores. Con una mezcla de deseo y lujuria, comenzó a chupar y morder los pezones de Laura, haciéndola jadear de placer.

La joven, cada vez más excitada, se arrodilló frente a Juan y desabrochó su pantalón, liberando su verga ansiosa de ser cogida. Con movimientos expertos, comenzó a mamar la pija de Juan, sintiendo cómo crecía y se endurecía en su boca. El sabor salado del sexo invadía sus sentidos, volviéndola loca de deseo.

Entre jadeos y gemidos, Juan tomó a Laura por el cabello y la llevó hasta el sofá, donde la empujó hacia abajo y la puso en posición de perrito. Sin mediar palabra, la penetró con fuerza, sintiendo cómo su verga se adentraba profundamente en su culo. Laura gritaba de placer, pidiendo más y más, ansiosa por ser cogida hasta el límite.

Los cuerpos sudorosos se fundían en un baile frenético de culeo desenfrenado. Juan embestía una y otra vez, sintiendo el calor y la humedad de la concha de Laura envolviendo su verga. Los gemidos se mezclaban con el sonido de la piel chocando, creando una sinfonía de sexo desenfrenado.

De repente, Juan decidió ir más allá y sin previo aviso, cambió de agujero, introduciendo su verga en el estrecho ano de Laura. La sensación de sexo anal la hizo estremecer de placer, sintiendo cómo era invadida en lo más profundo de su ser. Juan embestía con fuerza, disfrutando del ardor y la estrechez de ese agujero prohibido.

El éxtasis estaba cerca, ambos podían sentirlo. Con cada embestida, se acercaban más y más al clímax. Finalmente, con un grito gutural, Juan se dejó llevar por la pasión y se vino dentro de Laura, llenando su culo con su venida caliente y espesa.

Agotados y satisfechos, se dejaron caer en el sofá, envueltos en una nube de placer y lujuria. El sudor perlaba sus cuerpos, marcando el final de una tarde salvaje y desenfrenada. Laura, con una sonrisa de satisfacción en los labios, miró a Juan y susurró: «Eso fue increíble, quiero más». Y Juan, con una mirada de deseo, supo que esa tarde era solo el comienzo de algo más salvaje y excitante.

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