Esta morrita bien puta se prende de una forma que no se ve todos los días. Está sentada en el sofá con sus amigos, riéndose de pendejadas, cuando de repente se le sube la calentura y no aguanta más. Se levanta, se baja los shorts de un jalón y se quita las bragas empapadas que ya estaban chorreando. El olor a coño caliente y a leche de puta llena el cuarto al instante. Todos se callan cuando ella se abre de piernas bien ancho y con dos dedos se separa los labios hinchados para enseñarles lo que trae entre las piernas.
Ahí está. Su clítoris. No es un botoncito chiquito. Es un monstruo rosado, grueso, largo, hinchado como una verga de adolescente, de un color rojo intenso casi morado en la punta. Late solo. Se mueve. Gotea una babita espesa y brillante que le cae por los labios y se le escurre hasta el culo. Ella se lo agarra con los dedos y se lo empieza a sobar despacio, de arriba abajo, estirándolo, apretándolo, mostrando cómo crece todavía más mientras gime como perra en celo.
—Miren esta madre… se me puso así de gordo de solo pensar en que me lo chuparan —les dice con la voz ronca, sin ninguna vergüenza.
Los amigos se le quedan viendo embobados. Uno de los vatos se le acerca y le pasa la lengua por encima de ese clítoris gigante. Ella se retuerce y suelta un grito bien puto. El clítoris salta contra la lengua como si tuviera vida propia. El vato lo engulle completo, se lo mete a la boca y lo mama con fuerza, haciendo ruidos de succión bien sucios mientras ella se agarra las tetas y se mueve las caderas empujándole el monstruo más adentro. La putita se corre casi de inmediato. El chorro le sale directo a la cara del que la está mamando, un squirt espeso y caliente que le empapa la boca y le chorrea por la barbilla.
No se detienen. Otra de las amigas se le sube encima y se le sienta en la cara mientras el vato sigue chupándole el clítoris como si fuera una verga de verdad. Valeria —porque así se llama esta zorra— les ruega que no paren, que se lo usen, que se lo jodan. Uno de los chicos saca su verga ya dura y se la empieza a frotar contra ese clítoris hinchado. La fricción de carne contra carne es obscena. El clítoris, más sensible que cualquier pito, se pone todavía más duro y más largo cada vez que le pasan la cabeza de la verga por encima. Ella se abre más, les ofrece ese órgano monstruoso y les dice que se lo metan donde quieran.
Uno se la follea el coño mientras otro le masturba el clítoris con las dos manos, estrujándolo, estirándolo, haciéndolo crecer hasta que parece que va a reventar. La morrita grita, se retuerce, se corre otra vez y otra vez. Cada orgasmo deja el clítoris más gordo, más oscuro, más brillante de babas y de leche. Cuando una de las chicas se monta encima y se lo mete en el coño, cabalgándolo como si fuera un dildo de carne, el ruido que se escucha es una mezcla de chapoteo y gemidos animales. Valeria se corre tan fuerte que el clítoris empieza a disparar chorros transparentes mientras la amiga se lo embona completo.
Los vatos no aguantan. Uno tras otro se la jala encima del clítoris y le echan la leche caliente, cubriéndolo de semen espeso. Ella se lo recoge con los dedos, se lo mete a la boca y se lo traga mezclado con su propia babita. El sabor le prende todavía más. Se pone de rodillas y les pide que se lo sigan usando, que se lo chupen, que se lo mamen hasta que se ponga más grande. El clítoris sigue latiendo, hinchado, goteando, listo para más. Ella se lo frota contra la cara de uno, se lo mete en la boca a otro y se deja que le metan dedos en el culo mientras le joden ese monstruo rosado.
La escena se vuelve un desmadre total. Todos se la turnan para mamarle el clítoris, para frotárselo, para follárselo con la verga o con los dedos. Valeria no para de correrse. Cada vez que se viene, el clítoris se pone más grueso y más largo, como si no tuviera límite. Ella gime, insulta, les dice que son unos putos y que la usen más duro. Les abre el coño y el culo al mismo tiempo mientras uno le mama el clítoris y otro se la clava por detrás. El olor a sexo, a semen y a coño chorreado es tan fuerte que se siente hasta afuera de la habitación.
Al final la dejan tirada en el sofá, temblando, con el clítoris todavía erecto, brillante de fluids, más grande que cuando empezó. Ella se lo agarra con una mano, se lo soba despacio y les sonríe con esa cara de puta satisfecha.
—La próxima vez lo vamos a medir… y si sigue creciendo me lo van a joder hasta que no pueda caminar —les dice con la voz rota de tanto gemir.
Esta jovencita exitada no solo les mostró su clítoris gigantesco. Se los ofreció, se los dejó usar, se los dejó chupar y follar hasta que todos quedaron destrozados. Una escena bien sucia, sin filtro, de una morrita que se prende tanto que convierte su clítoris monstruoso en el centro de una orgía entre amigos. Carne, babas, chorros, leche y gemidos de perra en celo. Así de explícito, así de vulgar, así de rico.


















