La carita de atrevida lo que tiene la peladita caliente

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La carita de atrevida lo que tiene la peladita caliente, esa nena que parece inocente pero es más puta que las actrices jariosas del porno. La conocí en una fiesta, vestida con su minifalda ajustada que marcaba esas caderas anchas y unas tetas que pedían a gritos ser apretadas. No tardé en acercarme, sentir su perfume barato y notar cómo su mirada lujuriosa me desvestía sin pudor.

Le propuse ir a un lugar más privado, y sin pensarlo dos veces, aceptó. En cuanto cerramos la puerta, se abalanzó sobre mí como una perra en celo, hambrienta de verga. Me arrancó la camisa y comenzó a lamerme el pecho con ansias, sus labios carnosos dejaban un rastro de saliva caliente que me excitaba más y más.

La tomé de la cintura y la empujé contra la pared, su respiración agitada chocaba contra mi cara y me instigaba a cogerla con fuerza. Le subí la falda y descubrí que no llevaba ropa interior, su concha rosada estaba empapada, lista para ser penetrada por mi verga dura y ansiosa por explorar cada rincón de ese cuerpo de diosa pecaminosa.

La saqué de su ensueño momentáneo y le ordené arrodillarse. Sin mediar palabra, abrió la bragueta de mis jeans y sacó mi pija, ansiosa por recibir una buena mamada. La peladita caliente sabía lo que hacía, su lengua jugaba con mi glande, sus labios apretaban con fuerza mientras sus ojos, llenos de deseo, me miraban provocativamente.

«¡Chupa bien, putita!», le grité mientras ella incrementaba el ritmo de sus mamadas, su garganta se abría para recibir todo mi miembro, disfrutando de cada centímetro de carne dura que entraba y salía de su boca. Los gemidos de placer se mezclaban con el sonido de la succión, creando una sinfonía obscena que llenaba la habitación.

La tomé del cabello y la empujé contra la cama, dejándola en posición de perrito, su culo redondo y firme estaba a mi merced, esperando ser penetrado salvajemente. Sin pensarlo dos veces, la envestí con fuerza, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo. Cada embestida era un golpe de lujuria, un acto de dominación sobre esa peladita caliente que se retorcía de placer bajo mi cuerpo sudoroso.

Sus tetas bailaban con cada embestida, sus pezones duros como rocas pedían ser mordidos y chupados. No pude resistirme y me lancé sobre ellos, alternando entre una y otra, disfrutando del sabor salado de su piel y la sensación de tener todo su cuerpo entre mis manos, listo para ser poseído una y otra vez.

La intensidad del momento nos consumía, el sudor se mezclaba con los gemidos, creando una atmósfera cargada de deseo y lujuria. La peladita caliente seguía pidiendo más, rogando ser cogida con fuerza, entregándose por completo a mi pija que la llenaba por dentro y la llevaba al límite del placer.

No pude contenerme más y le pedí que se diera la vuelta, quería ver su rostro de placer mientras la cogía a lo bestia. Sus ojos brillaban de deseo, su boca entreabierta dejaba escapar gemidos de puro éxtasis, mientras mis embestidas la llevaban al borde del abismo del placer.

«¡Dame tu culo, putita! Quiero probar ese culo que tanto provocas», le exigí con rudeza, y ella, sumisa y entregada, se puso en posición, ofreciéndome su estrecho agujero trasero para ser invadido por completo. Sin pensarlo dos veces, comencé a penetrar su ano apretado, sintiendo cómo me apretaba con fuerza, envolviendo mi verga en un calor infernal que me llevaba al límite de la cordura.

Cada embestida era un gemido, un grito de placer contenido que salía de lo más profundo de nuestros cuerpos sudorosos y agotados. La peladita caliente se retorcía de placer, pidiendo más y más, rogando por una cogida que la llevara al éxtasis más absoluto. No podía detenerme, estaba completamente entregado a la pasión desenfrenada que nos consumía.

Finalmente, llegamos juntos al clímax, un torrente de venida caliente y espesa inundó su interior, marcando nuestro encuentro como uno de los más salvajes y jariosos que habíamos experimentado. Nos quedamos tendidos, exhaustos y satisfechos, sabiendo que esa noche no sería la última en la que nos entregaríamos al placer más perverso y desenfrenado.