La morrita colegiala, con su uniforme ajustado y faldita corta, se sentía nerviosa pero excitada al mismo tiempo. Había escuchado rumores sobre el profe, un hombre maduro y experimentado con fama de tener una verga enorme y saber usarla. La idea de coger con él en la azotea del salón la tenía mojada desde hacía días, y finalmente, se decidió a dar el paso.
La tarde estaba calurosa y la azotea parecía el lugar perfecto para saciar sus deseos más jariosos. El profe la esperaba con ansias, mirándola con deseo mientras se acercaba. Sin decir una palabra, la agarró por la cintura y la empujó contra la pared, besando su cuello con voracidad.
La morrita gemía bajo la agresividad del profe, sintiendo cómo su verga se endurecía contra su cuerpo. Sin pensarlo dos veces, le desabrochó los pantalones y liberó su enorme pija, lista para ser devorada. Con ansias, se arrodilló y empezó a mamársela con maestría, sintiendo cada centímetro de esa verga en su garganta.
El profe la tomó del cabello con fuerza, dirigiendo el ritmo de la mamada a su antojo. La morrita disfrutaba de sentirse sometida, saboreando el sabor salado de su piel. Estaba entregada por completo al placer, deseando ser cogida como nunca antes.
Entre gemidos y jadeos, el profe levantó a la morrita y la recostó sobre una mesa desgastada que había en la azotea. Levantó su falda y arrancó sus bragas con brusquedad, dejando al descubierto su concha empapada y lista para ser penetrada.
Sin mediar palabra, el profe se arrodilló entre las piernas de la morrita y empezó a lamer su sexo con ansias, saboreando sus jugos y provocándole gemidos de puro placer. La morrita se retorcía de gusto, aferrándose a los bordes de la mesa mientras sentía la lengua del profe explorando cada rincón de su intimidad.
Una vez bien lubricada, el profe se puso de pie y, sin contemplaciones, la penetró con fuerza. La morrita gritó de placer al sentir esa verga enorme abriéndose paso en su interior, llenándola por completo. La sensación de plenitud era indescriptible, y amb@s se dejaron llevar por la lujuria desenfrenada.
Los cuerpos chocaban con violencia en medio de la azotea, creando una sinfonía de gemidos y gritos que resonaban en el silencio de la tarde. La morrita arqueaba la espalda, entregada al placer de ser cogida tan intensamente por su profe, quien no paraba de embestirla con furia.
La intensidad del momento los llevó al borde del abismo, y juntos alcanzaron un orgasmo salvaje y liberador. La morrita sintió cómo el profe se derramaba dentro de ella, llenándola con su venida caliente y espesa. El éxtasis los envolvió por completo, dejándolos exhaustos y completamente satisfechos.
Entre jadeos y suspiros, se miraron a los ojos, sabiendo que ese encuentro prohibido en la azotea del salón quedaría grabado en sus memorias para siempre. Se vistieron rápidamente, compartiendo una sonrisa cómplice antes de separarse y volver a la realidad de sus vidas cotidianas.
La morrita bajó de la azotea con las piernas temblorosas pero el corazón lleno de satisfacción. Sabía que aquella experiencia había sido solo el comienzo de muchas otras aventuras jariosas que estaban por venir. Y, mientras caminaba por los pasillos del colegio, no pudo evitar sonreír al recordar cada momento de aquella cogida inolvidable en lo alto del edificio.


















